Vídeo introductorio sobre el problema energético y ecológico que tiene nuestra civilización. El problema del crecimiento infinito en un planeta finito.
Agricultores ecológicos en red
La Xarxa Llauradora de les Comarques Centrals nace para incentivar el comercio justo
Xavier Mulet era abogado en Valencia. Hace 20 años, cambió su despacho en Benimaclet por una parcela de 10 hanegadas a la sombra del Montgó, donde hoy cultiva verduras y hortalizas cien por cien naturales, sin una gota de residuos químicos. Las vende cada sábado en el riu-rau de su bisabuelo, en Pedreguer. La mayoría de su parroquia la conforman alemanes. “Todavía falta mucha concienciación entre los consumidores de aquí”, lamenta.
Casi las mismas jornadas al sol, sembrando y nutriendo la tierra, lleva Lola Martí, una de las pocas mujeres entregadas a este oficio y una de las más veteranas. Y muchas más aún, Lluís Blasco, quien se dedica a la agricultura ecológica desde 1980 y destina a la exportación el 98% de su cosecha de cebollas tiernas orgánicas, mucho más fáciles de comprar en un bioladen de Múnich o Berlín que en Carrícola, de donde proceden.
“Hemos hecho muchos intentos de movernos hacia el mercado nacional, pero todos han fracasado”, afirma Blasco. Y añade: “Quizás ha llegado el momento de adaptar el sistema de producción y dirigirlo hacia un consumidor mucho más cercano”.
Lola Martí, Xavier Mulet y Lluís Blasco son ejemplos de agricultores vocacionales que defienden un modelo de agricultura sostenible de cultura local, respetuosa con el medio ambiente y heredera de técnicas tradicionales. Los tres, junto a una docena de pequeños productores de La Marina, La Costera, La Safor, El Comtat y La Vall d’Albaida, han creado la Xarxa Llauradora de les Comarques Centrals, una plataforma abierta y en construcción desde la que pretenden incentivar el comercio justo de productos biológicos, locales y de temporada.
“Hemos aprendido que el trabajo colectivo y en red es el único camino que nos queda a los productores locales para hacer frente a la agroindustria alimentaria”, asegura Xavier Mulet. Y desde Gandia, Cento Borrull añade: “Necesitamos hacernos visibles, darnos a conocer, que la gente sepa que puede comprar productos biológicos cerca de sus casas, sin pasar por intermediarios”.
“El precio de la fruta siempre es el mismo, mientras que el del gasoil no deja de subir. Necesitamos sumar fuerzas, generar sinergias de apoyo, aumentar nuestra capacidad de provisión de productos y fidelizar a nuestros clientes”, resume Pepe Ferrándiz, cuya actividad se centra en el cultivo de manzanas y la producción de aceite y vino ecológico.
Los extranjeros son los primeros compradores de estos productos
Además de desarrollar estrategias de cooperación y promover el intercambio de productos entre sus miembros, la Xarxa Llauradora se ha marcado como uno de sus objetivos prioritarios realizar una tarea divulgativa y concienciadora entre la ciudadanía. “Queremos dar a conocer entre la gente los principios de la agricología, el comercio justo, el consumo crítico y la soberanía alimentaria”, apunta José Manuel Bisseto, otro de los miembros de la asociación y responsable de Agricología, un proyecto de recuperación de bancales abandonados y educación ambiental en la Marina.
“Haremos todo lo posible por sensibilizar a la población con charlas, exposiciones, publicaciones y guías didácticas, por crear grupos de consumo ecológico y por mantener viva la cultura agrícola que hemos heredado” concluye Bisseto.
Hambruna en África y privatización de tierras
El 80% de la población en el Cuerno de África depende de la agricultura como principal fuente de ingresos y de alimentación. ¿Qué pasa cuando ya no hay tierra que cultivar
Consumir perjudica gravemente su salud… y la del planeta
“La mujer, desesperada por obtener las mejores ofertas en la tienda de descuento Wal-Mart, regó con un spray de pimienta a las personas que esperaban con la intención de alejarlas de la mercancía que ella quería”. Ésta podría ser la escena de una película de Pedro Almodóvar si no fuese porqué la imagen pertenece a la realidad y tal relato fue publicado, el 25/11/2011, en el periódico Los Angeles Times.
Visto lo visto podríamos sugerir que frente a los grandes centros comerciales, y aún más en época de rebajas, se colocaran grandes carteles advirtiendo que “consumir perjudica gravemente su salud”, al más puro estilo de las Autoridades Sanitarias. Y es que el consumismo irracional, superfluo y no necesario, que promueve el sistema capitalista, no sólo puede afectar de manera inesperada y contundente nuestra salud vía “ataque de spray pimienta” sino que sobre todo afecta la “salud” del planeta.
Sólo por poner un ejemplo, si todo el mundo consumiera como un estadounidense medio harían falta cinco planetas tierra para colmar nuestra voracidad, pero de planeta tierra sólo tenemos uno aunque se nos quede pequeño. Nos hemos acostumbrado a vivir sin tener en cuenta que habitamos en un mundo finito y el capitalismo se ha encargado muy bien de ello. Se asocia progreso a sociedad de consumo, pero tendríamos que preguntarnos progreso para qué y para quiénes y a costa de qué y de quiénes.
Los cantos de sirena de la modernidad nos dicen que consumir nos va a hacer más felices, pero tal felicidad nunca llega por más que compremos. “Ahoga tus penas con una buena compra” parece el slogan del capitalismo de hoy, pero nuestra insatisfacción nunca queda satisfecha. La felicidad no llega golpe a de talonario.
Nos dicen que compremos unas gafas Chanel, un osito Tous o unos pantalones Mango para sentirnos Claudia Schiffer, Jennifer López o Gerard Piqué. La época de vender un producto ha pasado a la historia. Ahora, como enseñan las buenas escuelas de marketing, nos venden al famoso de turno junto a la promesa de “salud, dinero y amor”. Y nosotros pagamos encantados el precio de nuestros sueños.
Nos venden lo anecdótico como imprescindible y lo banal como necesario y nos crean una serie de necesidades artificiales. Cambiar de ropa cada temporada, un móvil de última generación, una televisión de plasma, etc., etc., etc. Con el consiguiente monto de residuos tecnológicos, de vestir, electrónicos… que desaparecen tras nuestra puerta y que pasan a engrosar las pilas de deshechos en los países del Sur, contaminando aguas, tierra y amenazando la salud de sus comunidades.
O bien el sistema contra-ataca con su obsolescencia programada… planificando la fecha de caducidad de todo aquello que compramos para que al cabo de X tiempo se estropee y tengas que adquirir otro nuevo. ¿Para qué una bombilla que nunca se apaga, unas medias sin carreras o un ordenador que no funciona? Mal negocio. Aquí sólo gana quien vende.
A lo mejor ya va siendo hora de plantearnos que podemos “vivir mejor con menos”. Y ser conscientes de cómo nos quieren hacer cómplices de un sistema que nos han impuesto y que sólo beneficia a los mismos de siempre. Nos dicen que hay sociedad de consumo porque queremos consumir, pero -más allá de nuestra responsabilidad individual- nadie, que yo sepa, ha escogido esta sociedad donde nos ha tocado vivir, o al menos a mí no me han preguntado. Y es que desde que llevamos pañales hasta que se nos caen los dientes nos bombardean con el “comprar comprar comprar”. Ahora nos dicen que saldremos de esta crisis “consumiendo”. Yo me pregunto si “consumiendo” o “consumiéndonos”.
*Esther Vivas es autora “Del campo al plato” (Icaria ed., 2009) y “Supermercados, no gracias, Icaria ed., 2007).
La contaminación de las aguas marinas por el desastre de Fukushima
Según un reciente informe del Instituto de Investigación de la Seguridad Nuclear (IRSN) de Francia, el accidente en la central nuclear japonesa ha constituido el mayor aporte localizado de radioisótopos artificiales al medio marino registrado hasta el momento, aunque la existencia de corrientes marinas ha reducido notablemente el impacto del accidente sobre las aguas costeras próximas a la central. La mayor parte del vertido se produjo antes del día 8 de abril, habiéndose estimado que los vertidos posteriores a dicha fecha representan menos de un 20% del total.
Lógicamente los mayores vertidos de elementos radiactivos al mar se produjeron justo después del terremoto. Según el informe del IRSN desde el inicio del accidente el 11 de marzo de 2011, se produjo el vertido directo de líquidos radiactivos al mar, lo que duró hasta el día 8 de abril. Asimismo hasta el 22 de marzo se produjo la precipitación al mar de los radionucleidos emitidos a la atmósfera. En las inmediaciones de la planta, se detectaron a finales de marzo y principios de abril valores del orden de varias decenas de becquerelios por litro (*) para el cesio 134 y 137 y valores superiores a 105 Bq/l para el yodo 131. Las concentraciones de yodo 131 se redujeron rápidamente con el tiempo debido a que su periodo de semidesintegración (t1/2) es muy corto (8 días), por lo que a finales de mayo los valores de las mediciones se encontraban por debajo de los límites inferiores de detección. En relación con el cesio 134 y 137 sus concentraciones también descendieron con el tiempo, alcanzando valores inferiores a los límites inferiores de detección de las técnicas de medición utilizadas (del orden de 5 Bq/l) en el mes de julio. Esta reducción en la contaminación por cesio no fue consecuencia de su desintegración, ya que los valores de t1/2 para el cesio 134 y 137 son 20 años para el primero y 30 años para el segundo, por lo que tardarían en ser inocuos alrededor de 10 y 150 años respectivamente. La reducción de la contaminación por cesio 134 y 137 fue consecuencia de la existencia de importantes corrientes marinas (corrientes de Kuroshio y Oyashio) en las proximidades de la localización de la central nuclear.
Estas corrientes, que transportaron a grandes distancias las aguas contaminadas en el seno, dieron lugar a una excepcional dispersión de los radioisótopos en el seno de las aguas del Océano Pacífico, provocando una elevada velocidad de renovación de las aguas marinas costeras, con una continua dilución de los contaminantes en las mismas. Esta dilución ha dado lugar a una importante reducción del impacto ambiental del accidente en las aguas costeras. Sin embargo, el IRSN señala que puede persistir durante bastante tiempo una contaminación significativa de las aguas en el litoral próximo a la central nuclear, cuya causa es el aporte continuo al mar de sustancias radiactivas por las aguas fluviales o escorrentía de aguas superficiales en contacto con suelos contaminados.
También existe el riesgo de vertidos esporádicos de líquidos contaminados provenientes de la propia central nuclear. Así, por ejemplo, en el mes de junio, la operadora de la central de Fukushima, Tokio Electric Company (TEPCO), informó de la aparición, por primera vez desde la fecha del accidente, de niveles de estroncio 89 y 90 en muestras recogidas del lecho marino frente a la central, mas de 50 veces superiores a los estándares de seguridad establecidos por el gobierno de Japón.
El riesgo de la contaminación por estroncio radica en su persistencia, consecuencia de su elevado periodo de semidesintegración (alrededor de 29 años). Asimismo, el pasado lunes TEPCO confirmó que el domingo 4 de diciembre se produjo una fuga al Océano Pacífico de agua contaminada con estroncio radiactivo desde la central Fukushima-1. Recientes mediciones realizadas a las especies marinas capturadas en las costas de la prefectura de Fukushima, mayoritariamente peces, ponen de manifiesto la persistencia de contaminación en las mismas. Por otra parte durante el pasado mes de octubre, investigadores de la Universidad de Tokio informaron de la presencia de altas concentraciones de cesio radiactivo en muestras de plancton recogidas en las proximidades de la central. Todo ello justifica que se mantenga la vigilancia de las especies marinas de la zona próxima a la central. Este control es especialmente importante en especies depredadoras, como atún o pez espada, que acumulan la radiactividad de las especies de las que se alimenten durante toda su vida.
Finalmente, los investigadores del IRSN han establecido una correlación empírica entre la cantidad emitida de cesio 137 y las concentraciones de cesio 137 medidas en el agua marina. Aplicando esta correlación han estimado que la cantidad total de cesio 137 vertido al mar hasta mediados de julio ha sido de 27.1015 Bq, lo que constituye el mayor vertido de radionucleidos artificiales al medio ambiente marino realizado hasta la actualidad. La mayor parte del vertido se produjo antes del 8 de abril, estimándose en un 18% del total las cantidades vertidas con posterioridad a esta fecha. En base a estos datos, el IRNS informa que el accidente nuclear de Fukushima, alcanzó el nivel 7 de gravedad en la Escala Internacional Nuclear y de Sucesos Radiológicos (INES). Este valor se corresponde con el máximo de la Escala y solo se había alcanzado anteriormente en el accidente de Chernobil en 1986. (*) El becquerelio (Bq) es la unidad de medida de la actividad radiactiva y equivale a 1 desintegración nuclear por segundo. (**) El Periodo de semidesintegración (t1/2) es el tiempo necesario para que se reduzcan a la mitad el número de núcleos de una muestra de un material radiactivo.
[José Aguado Alonso, Grupo de Ingeniería Química y Ambiental, URJC]
Más capitalismo verde
Un balance de la Cumbre del clima en Durban Se salva a los mercados y no al clima. Así podríamos resumir lo que constata la recién terminada 17ª Conferencia de las Partes (COP 17) de Naciones Unidas sobre Cambio Climático en Durban, Sudáfrica, celebrada del 28 de noviembre al 10 de diciembre. La rápida respuesta que gobiernos e instituciones internacionales dieron al estallido de la crisis económica en 2008 rescatando bancos privados con dinero público contrasta con el inmovilismo frente al cambio climático. Aunque esto no nos debería de sorprender. Tanto en un caso como en otro ganan los mismos: los mercados y sus gobiernos cómplices. En la cumbre del clima de Durban dos han sido los temas centrales: el futuro del Protocolo de Kioto, que concluye en 2012, y la capacidad para establecer mecanismos en la reducción de emisiones; y la puesta en marcha del Fondo Verde para el Clima, aprobado en la anterior cumbre de Cancún, con el objetivo teórico de apoyar a los países pobres en la mitigación y la adaptación al cambio climático.
Tras Durban podemos afirmar que un segundo periodo del Protocolo de Kioto ha quedado vacío de contenido: se pospone una acción real hasta el 2020 y se rechaza cualquier tipo de instrumento que obligue a la reducción de emisiones. Así lo han querido los representantes de los países más contaminantes con Estados Unidos a la cabeza quienes abogaban por un acuerdo de reducciones voluntarias y rechazan cualquier tipo de mecanismo vinculante. Pero si el Protocolo de Kioto ya era insuficiente, y de aplicarse evitaba sólo 0,1º centígrados de calentamiento global, ahora vamos de mal en peor. Entorno al Fondo Verde para el Clima, si en un primer momento los países ricos se comprometieron a aportar 30 mil millones de dólares en 2012 y 100 mil millones anuales para 2020, cifras que de todos modos se consideran insuficientes, la procedencia de estos fondos públicos ha quedado por determinar mientras se abren las puertas a la inversión privada y a la gestión del Banco Mundial. Como han señalado organizaciones sociales se trata de una estrategia para “convertir el Fondo Verde para el Clima en un Fondo Empresarial Codicioso”. Una vez más se pretende hacer negocio con el clima y la contaminación medioambiental. Otro ejemplo de esta mercantilización del clima ha sido el aval de la ONU a la captura y almacenamiento de CO2 como Mecanismo de Desarrollo Limpio, que no pretende reducir las emisiones y que agudizaría la crisis ambiental, especialmente en los países del Sur candidatos a futuros cementerios de CO2. Así, los resultados de la cumbre apuntan a más capitalismo verde. Como indicaba el activista e intelectual surafricano Patrick Bond: “La tendencia a mercantilizar la naturaleza se ha convertido en el punto de vista filosófico dominante en la gobernanza mundial medioambiental”.
En Durban se repite el guión de cumbres anteriores como la de Cancún 2010, Copenhague 2009… donde los intereses de las grandes multinacionales, de las instituciones internacionales y de las élites financieras, tanto del Norte como del Sur, se anteponen a las necesidades colectivas de la gente y al futuro del planeta. En Durban estaba en juego nuestro futuro pero también nuestro presente. Los estragos del cambio climático están teniendo ya sus efectos: liberación de millones de toneladas de metano del Ártico, un gas 20 veces más potente que el CO2 desde el punto de vista del calentamiento atmosférico; derretimiento de los glaciares y de los mantos de hielo que aumenta el nivel del mar.
Unos efectos que incrementan el número de migraciones forzadas. Si en 1995 había alrededor de 25 millones de migrantes climáticos, hoy esta cifra se ha doblado, 50 millones, y en el 2050 ésta podría ascender a entre 200 y mil millones de desplazados. Todo apunta a que nos dirigimos hacia un calentamiento global descontrolado superior a los 2º, y que podría rondar los 4º, para finales de siglo, lo que desencadenaría muy probablemente, según los científicos, impactos inmanejables, como la subida de varios metros del nivel del mar. No podemos esperar hasta el año 2020 para empezar a tomar medidas reales. Pero frente a la falta de voluntad política para acabar con el cambio climático, las resistencias no callan. Y emulando a Occupy Wall Street y a la ola de indignación que recorre Europa y el mundo, varios activistas y movimientos sociales se han encontrado diariamente en un foro a pocos metros del centro de convenciones oficiales bajo el lema ‘Occupy COP17’.
Este punto de encuentro ha reunido desde mujeres campesinas que luchan por sus derechos hasta representantes oficiales de pequeños estados isleños como Las Seychelles, Granada o Nauru amenazados por una subida inminente del nivel del mar, pasando por activistas contra la deuda externa que reclaman el reconocimiento y la restitución de una deuda ecológica del Norte respecto al Sur. El movimiento por la justicia climática señala como, frente a la mercantilización de la naturaleza y los bienes comunes, es necesario anteponer nuestras vidas y el planeta. El capitalismo se ha demostrado incapaz de dar respuesta al callejón sin salida al que su lógica productivista, cortoplacista y depredadora nos ha conducido. Si no queremos que el clima cambie hay que cambiar radicalmente este sistema. Pero los resultados de Durban apuntan en otra dirección. El reconocido activista ecologista nigeriano Nnimmo Bassey lo dejaba bien claro con estas palabras: “Esta cumbre ha amplificado el apartheid climático, donde el 1% más rico del mundo ha decidido que es aceptable sacrificar al 99% restante”.
Josep Maria Antentas es profesor de sociología de la Universitat Autònoma de Barcelona y Esther Vivas es miembro del Centre d’Estudis sobre Moviments Socials de la Universitat Pompeu Fabra.
La araña roja puede alimentarse de 1000 plantas distintas…
El ácaro Tetranychus urticae –también conocido como araña roja-, puede alimentarse con más de 1000 tipos distintos de plantas –incluyendo también a más de 150 cultivos económicamente importantes-, siendo considerado como una de las principales plagas agrícolas mundiales
Ahora, un estudio internacional con participación de investigadores del CSIC, aparecido en Nature ha secuenciado su genoma, abriéndose nuevas posibilidades para el desarrollo de estrategias de control de plagas al poder utilizar a la araña roja como modelo para analizar la interacción entre plagas y plantas, así como el desarrollo de nanomateriales.
Entre los posibles cultivos afectados por este ácaro se encuentra el tomate, pepino, pimiento, el maíz o la soja. Los estudios realizados permitirían el desarrollo de una agricultura sostenible que eviten el uso de pesticidas convencionales y podrían incluir desde la mejora genética para obtener resistencia al parásito –transgénesis- hasta aproximaciones biotecnológicas que contribuyan a desarrollar alimentos completamente libres de plaguicidas –vamos, nuevamente transgénicos-.
La versatilidad de la araña roja radica en la presencia, en su genoma, de genes encargados de eliminar las diferentes toxinas de las plantas de las que se nutre. Además, estos estudios abren posibilidades en el terreno de los nanomateriales –con aplicaciones médicas- ya que la seda del ácaro urticae tiene propiedades comparables con la de las arañas reales: es ligera, elástica, biodegradable y resistente, aunque está constituida por fibras más pequeñas, de dimensiones nanométricas. La secuenciación de estos genes permitirá el aprovechamiento de estos materiales de forma económicamente rentable.

La investigación ha sido coordinada por Miodrag Grbic, de la Universidad de Western Ontario, en colaboración con el Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino -centro mixto del CSIC y la Universidad de la Rioja- y el Gobierno de la Rioja; y ha sido financiada por el Ontario Genomics Institute y el Gobierno de Canadá
El alquiler de vehículos y la onda verde
Los esfuerzos por reducir la contaminación que producen los automóviles son el resultado de nuevas políticas ecológicas adoptadas por el sector automovilístico. Las innovaciones en coches más limpios y la familiarización con los coches híbridos se presentan como buenas alternativas a la crisis ambiental. Desde sus inicios, el valor añadido de los coches híbridos en especial, ha ayudado a mantener esta nueva dirección que no se limita a los grandes concesionarios, sino también a las compañías de alquiler de vehículos.
En la actualidad, las agencias de alquiler de coches están promoviendo el alquiler de los coches verdes a fin de reducir las emisiones contaminantes provocadas por sus crecientes flotas de vehículos. Los coches híbridos emplean energías alternativas para reemplazar los combustibles fósiles como gasolina o gasóleo, principales agentes contaminantes en vehículos con motor. Estas empresas están conscientes de la necesidad de proteger el medio ambiente, es por eso que están promoviendo flotas exclusivas de coches híbridos, ofreciendo modelos como el Toyota Prius, el Ford Escape o el Honda Insight.
La tecnología de los motores híbridos funciona de forma que es posible combinar fuentes de energía de un motor a gasolina en conjunto con motor eléctrico. Existen diversas clases de coches híbridos: algunos generan energía a través del frenado para cargar su batería eléctrica, ciertos modelos utilizan energías alternativas como la biomasa o el hidrógeno, mientras que otros cargan su batería cuando están en casa para impulsar el vehículo en una distancia considerable antes de encender el motor a gasolina
El elevado precio tanto en venta como en alquiler de vehículos verdes se considera una desventaja inicial, pero que se ve disminuida con los grandes resultados a mediano y largo plazo. Esto se debe a los grandes ahorros en combustible (sin afectar la potencia de los vehículos) y por ende un ahorro económico significativo para empresas y clientes.
Con el crecimiento del alquiler de vehículos híbridos y eléctricos en Norteamérica y Europa, el sector automovilístico espera recoger buenos frutos frente a la crisis económica. La influencia de las compañías de alquiler internacional que cuentan con sucursales en toda España y Europa es una ventaja para promover en el continente las políticas sostenibles del medio ambiente de forma más rápida y sin dejar de ofrecer los beneficios de los modelos de alta gama.
Sobre transgénicos, agroecología, democracia y capitalismo
Sobreestimamos lo que sabemos –en una manifestación “de libro” de la ilusión de control que estudian los psicólogos— y las empresas buscan beneficios rápidos con aplicaciones de potentísimas tecnologías cuyas consecuencias se nos escapan todavía más… Nuestro lenguaje expresa ese exceso de confianza “estructural”, nuestro “ir sobrados”, apresados en la ilusión de control. Hablamos por ejemplo de cómo hemos “descifrado” el genoma humano (u otros genomas), pero nada de eso: sólo lo hemos secuenciado, vale decir descrito su estructura química. Aunque estamos lejísimos de saber cómo funciona, de comprender el significado de las letras y palabras (los genes, permítaseme la imprecisión) que componen ese genoma…
No está de más recordar un par de definiciones básicas. OGM: organismo vivo cuyas características genéticas iniciales han sufrido modificación no natural, añadiendo, suprimiendo o reemplazando al menos un gen. Más restringida es la noción de organismo transgénico, que porta en sí transgenes (genes extranjeros, provenientes de otra especie).
Christian Vélot insistía en desvelar todo lo que acarrean consigo las palabras (marcos cognitivos, construcciones ideológicas), sin que en general seamos conscientes de ello; y en cómo mucho de lo que se nos presenta como meras elecciones tecnológicas –y se disfrazan con eufemismos invisibilizadores— son de hecho opciones de sociedad. En este terreno, agroecología y soberanía alimentaria se enfrentan a agricultura transgénica industrial y control corporativo oligopólico sobre la agroalimentación.
Ah, la importancia de las metáforas… “Precisión quirúrgica” en la manipulación genética, se nos dice desde las empresas y la propaganda “tecnoentusiasta”: pero –subraya el profesor Vélot— “si los cirujanos manejasen lo quirúrgico como los biólogos moleculares manejamos las técnicas de ingeniería genética (los “cañones de genes” para transgénesis vegetal, por ejemplo), yo no aconsejaría a nadie que entrase en el quirófano jamás”. Gilles Séralini, en el mismo sentido: no hablemos de fitosanitarios (que cuidarían a una planta) cuando tenemos que vérnoslas con biocidas (herbicidas que matan a las plantas, por ejemplo).
Se dan dos enormes diferencias de las aplicaciones agroalimentarias con respecto a las biomédicas (o de investigación básica), como nos recordaban Vélot y otros ponentes: • Utilización en campo abierto frente a uso confinado • OMG fin (producto que se busca por sí mismo) frente a OMG medio (para obtener productos útiles que no son OMG en sí mismos)
Con esto, nos hallamos ante un paisaje de riesgos completamente diferente… Es patente que la liberación de OMG al medio ambiente conlleva riesgos ambientales, socioeconómicos y sanitarios situados en un plano del todo diferente a la aplicación de estas tecnologías en laboratorio. Son dos mundos.
Hay ya una clase de maíz transgénico en Canadá (de Monsanto: Smart Stack, se nos ha dicho que se llama) que produce nada menos que cuatro proteínas insecticidas y tolera dos herbicidas diferentes (Roundup y Liberty). Se habla aquí de “cuarta generación”, pero seguimos dentro del mismo paradigma: agricultura de monocultivos espurreadora de biocidas. Un paradigma erróneo… No necesitamos más plaguicidas agrícolas sino menos. Y esta clase de transgénicos lleva en pocos años al empleo de más biocidas (por la vía de la aparición de resistencias), pese a las afirmaciones de las empresas en sentido contrario. No forman parte de la solución: forman parte del problema.
Rosa Binimelis mostraba cómo los impactos socio-económicos de los transgénicos (que pueden ser enormes) no son tenidos en cuenta en la evaluación de los mismos. Sólo en algún país, como Noruega, se han introducido estos aspectos socioeconómicos en la legislación: evaluación de sostenibilidad, interés público y ética, tanto en los países productores como los importadores. A partir de esta evaluación socioeconómica, Noruega no ha autorizado ningún transgénico.
Mª Carmen Jaizma, microbióloga, investigadora de la rizosfera, llamaba la atención sobre la importancia de la fertilidad de nuestros suelos, vinculada a la salud de los microorganismos que viven en ellos –y cómo se ven afectados por los OMG.
Michael Antoniou analizó con detalle muchos estudios científicos que arrojan una pesada sombra de duda acerca de las afirmaciones sobre la supuesta seguridad sanitaria de los alimentos transgénicos, y mostró por qué somos muy imprudentes al confiar en los resultados sesgados de la ciencia orientada por intereses corporativos que grandes empresas como Monsanto aportan a las autoridades reguladoras y a la sociedad. La “nueva genética” desvela un paisaje de extrema complejidad, mucho más allá de los supuestos reduccionistas sobre los que sigue basándose la industria (un gen, una proteína, una función). La tecnología de los transgénicos que hoy se cultivan (básicamente para alimentar una cabaña ganadera sobredimensionada e insostenible) se basa en un paradigma científico-técnico que hoy está superado.
Gilles Séralini, igual que otros y otras ponentes, subraya la necesidad de aproximaciones multi- e interdisciplinares… ¡Los biólogos moleculares no son “la voz de la ciencia” en este asunto! Por cierto que el libro de divulgación de Séralini, Ces OGM qui changent le monde (ed. Flammarion), está esperando aún su traducción al español.
Una cuestión regulatoria importante destacada por Séralini: con pruebas nutricionales en animales, no hay cultivos transgénicos rentables; sólo lo son si están exentos de tales pruebas… que sin embargo serían esenciales para poder hablar de seguridad sanitaria. Sólo se comercializan transgénicos porque la evaluación científica es deficiente.
¿Análisis de sangre de ratas de laboratorio como secreto comercial, y de Estado? “Estamos en una Edad Media del conocimiento”, denuncia Séralini.
Aparece en promedio un 9% de efectos inesperados significativos (toxicidad renal y hepática, por ejemplo), cuando uno analiza la sangre de los animales alimentados con OGM, a partir de los propios datos de la industria —mantenidos en secreto hasta que las decisiones judiciales les obligan a revelarlos, y con experimentos que de todas formas son insuficientes… “Las pruebas aceptadas por nuestros gobiernos para aprobar los OGM son ridículas”, científicamente insustanciales o sesgadas, dice Séralini: “La EFSA [European Food Safety Authority, Agencia Europea de Seguridad Alimentaria] no es una autoridad científica, es un lobby. Y se lo hemos dicho a la cara, en el Parlamento Europeo”. Tenemos aquí un problema político enorme…
Y más allá de eso: el procedimiento incorrecto de evaluación de los OGM remite a los procedimientos incorrectos empleados con las moléculas químicas de síntesis –más de cien mil en el mercado— que se emplean desde hace decenios… ¡Y ahora se extienden también a las nanotecnologías! Si no se buscan efectos sobre la salud, uno no los encuentra; y los procedimientos de evaluación en vigor, sesgados a favor de la industria, están hechos en buena medida para no encontrar efectos.
Presión modernizadora: “Pioneer es quien más vende ahora, porque el gen de Syngenta es viejo y la gente siempre quiere lo último en tecnología”, dice un técnico de cooperativa (entrevista en la investigación de Rosa Binimelis). ¿Es esto lo que quiere la gente? Más bien es lo que induce una Megamáquina que necesita vender novedades constantemente (para que no se detenga la rueda de acumulación de capital). Julio César Tello nos instaba a distinguir entre modas comerciales y auténtico progreso (referido a bienes que pueden permanecer en el tiempo), y encarecía la importancia de la sostenibilidad y el principio de precaución como marco ético dentro del cual movernos. El marco ético debe encauzar el progreso.
Con frecuencia ha resonado, en el curso del debate sobre los transgénicos, la advertencia de que no deberíamos jugar a ser dioses. Es un consejo lleno de sentido como orientación moral general (nos llama la atención sobre la finitud humana), pero no debe entenderse como una prohibición de todo tipo de intervención tecnológica sobre una naturaleza sacralizada: al fin y al cabo, con cualquier operación quirúrgica avanzada de las que hoy se practican rutinariamente en los hospitales de nuestro país, en cierto modo, estamos “jugando a ser dioses”.
El problema con los transgénicos no está ahí, sino más bien –creo— en que, tal y como ha venido desarrollándose la política concreta de aprobación y comercialización de transgénicos desde los años noventa, lejos de “jugar a ser dioses”, estamos comportándonos como demiurgos irresponsables, ebrios de una potencia tecnocientífica que desborda nuestros recursos ético-políticos.
La ingeniería genética es a la vez (A) una tecnología potentísima, con un tremendo potencial de transformación de la realidad; (B) una tecnología intrínsecamente peligrosa, porque nos sitúa fuera de los equilibrios a que han llegado seres vivos y ecosistemas en la biosfera, después de muchos millones de años de coevolución; (C) una tecnología inmadura, como resulta obvio a tenor de la información científica expuesta en estas jornadas; y (D) una tecnología que, junto a sus grandes riesgos, es una importante herramienta de conocimiento para los genetistas, y promete útiles y valiosas aplicaciones (algunas de las cuales son ya realidades, sobre todo en lo que atañe a la investigación biomédica).
Lo que esta combinación de rasgos exige es precaución, prudencia, lentitud y rigor científico. Pero lejos de ello, las transnacionales agroquímicas (rebautizadas por ellas mismas como “empresas de ciencias de la vida”) está lanzando a la biosfera miles de millones de organismos transgénicos sin las condiciones necesarias para ello. Ni los riesgos de contaminación genética (por difusión incontrolada de los transgenes en la biosfera), ni los de incremento de la contaminación química (por el previsible aumento del uso de biocidas), ni los efectos “en cadena” en los ecosistemas (daños en aves e insectos beneficiosos), ni la posible pérdida de biodiversidad agrícola y silvestre, ni siquiera los efectos sobre la salud humana se están teniendo en cuenta adecuadamente a la hora de dar luz verde a los transgénicos. Por no hablar de los graves daños económicos y sociales que se concentran, sobre todo, en los países del Sur (pero desde luego no les afectan sólo a ellos)…
¿Hay que concluir que los organismos transgénicos son peligrosos? Son peligrosos para nuestro medio ambiente, porque se ha elegido lanzarlos a la biosfera sin conocimiento suficiente sobre cómo van a comportarse en ella; y son peligrosos para nuestras perspectivas de seguridad alimentaria, reducción del abismo Norte-Sur y autonomía personal, porque su objetivo fundamental no son las supuestas mejoras agronómicas o ventajas para los consumidores (ni por supuesto “acabar con el hambre en el mundo”, eso es un chiste), sino proporcionar a un puñado de transnacionales autobautizadas como “de ciencias de la vida” un control que tiende al monopolio sobre cada vez más eslabones de la cadena alimentaria (valiéndose de una abusiva legislación sobre propiedad intelectual que permite privatizar los recursos genéticos y el conocimiento). Incluso si no fueran peligrosos para la salud humana –eso está aún por ver–, sin duda lo son para la democracia y para la sostenibilidad.
“Hay que ir de la ciencia ecológica a la conciencia ecológica”, nos decía Juana Labrador. En general, necesitamos ciencia con conciencia. El importante trabajo de la red European Network of Scientists for Social and Environmental Responsibility (ENSSER), a la que pertenecen varios de los científicos participantes, nos llama la atención sobre la escasa implicación democrática de los científicos y tecnólogos en España… Y ésta es una deficiencia muy importante. El movimiento ecologista, o los campesinos que defienden la soberanía alimentaria, necesitan aliados entre los científicos… No se trata sólo de una “maquinaria de descrédito” (como decía Angelika Hilbeck) más eficiente aquí en España que en otros países del mundo, quizá… ¡También hemos de mirar hacia nosotros mismos, hacia nuestra cultura política! Como decía Ana Carretero: no atendamos sólo a lo que ellos pueden y hacen –el poder de estas empresas transnacionales por ejemplo–, sino a lo que nosotros podemos, y lo que podríamos y no hacemos. El siguiente congreso internacional de ENSSER se celebrará en Madrid, del 16 al 18 de mayo de 2012: será una buena ocasión para enlazar con los debates de estos días.
Angelika Hilbeck razonaba: hemos de interrogarnos sobre las estrategias de evaluación de riesgos: ¿estrecha o amplia? Según como formulamos los problemas, en muchos casos, llegaremos a conclusiones diferentes. Si de entrada excluyo de la investigación cierta clase de posibles efectos adversos, no obtendré, desde luego, evidencia respecto a los mismos. Por ejemplo, consideraré o no los efectos sobre la biodiversidad de los herbicidas de amplio espectro, como el glifosato asociado a la agricultura transgénica; o los efectos crónicos, subletales, o indirectos de la proteína insecticida Bt que expresan muchas variedades de plantas transgénicas…
Hoy la estrategia que emplean las empresas vendedoras de transgénicos (y las autoridades reguladoras aceptan) es una evaluación estrechísima de riesgo. Pero ello equivale a ponernos una venda ante los ojos… Las evaluaciones de riesgo se han hecho mal : hay que volver sobre ellas, recomendaba Séralini, como estrategia sociopolítica con base jurídica en la normativa europea existente. No deberíamos ponernos a negociar normas de coexistencia de imposible cumplimiento, sino insistir en la “mala ciencia” que estuvo en la base del proceso de aprobación.
Externalización de riesgos, socialización de costes, privatización de beneficios: Gilles Séralini se refería a esta dinámica en relación con la agricultura transgénica, pero ¿no nos remiten a un marco más amplio? Concluyo. Quizá el argumento “macro” más sólido y evidente que podemos aducir para mostrar que las instituciones de esta sociedad (capitalismo neoliberal para abreviar; pero habría que matizar que más que neoliberal es neoconservador y neocaciquil, si vamos al sentido real de las palabras), el argumento más obvio, como decía, para mostrar la inadecuación de muchas instituciones básicas de esta sociedad es la crisis financiera que comenzó en 2007, originada en una demencial “gestión de riesgos” por parte de las empresas supuestamente especializadas en ello –comenzando por las grandes compañías de seguros. Esto debería enseñarnos algo sobre la “cultura del riesgo” que prevalece en nuestra sociedad. Uno no puede dejar de pensar que no solamente tenemos que salir de la agricultura transgénica: tenemos que salir del capitalismo. Pero esto, sin duda, nos introduciría en otro debate, de manera que concluyamos las conclusiones aquí.
Jorge Riechmann, es Profesor titular de Filosofía Moral de la UAM y miembro de Ecologistas en Acción















